En el norte de Chile, donde el cielo parece una lámina de vidrio azul y la tierra se quiebra bajo el sol, ocurre una transformación que pocos imaginaban hace una década. El desierto de Atacama, el más árido del mundo, se ha convertido en el epicentro de una revolución energética que combina tecnología, inversión y una geografía privilegiada. Hoy, más del 30% de la electricidad que consume el país proviene de paneles solares y aerogeneradores, una cifra que supera la media global y que sitúa a Chile como un laboratorio natural para el resto del planeta.
Chile genera más del 30% de su electricidad a partir de fuentes solares y eólicas, superando la media mundial del 20%.
El sol que no se pone
La región de Antofagasta recibe una radiación solar que triplica la de Alemania, un país pionero en energías limpias. Esa ventaja natural ha atraído a gigantes de la energía, como la española Acciona, la francesa EDF y la italiana Enel, que han instalado parques solares capaces de generar electricidad a precios que compiten con el gas natural. Pero no todo es sol: los vientos del Pacífico, que azotan la costa y los pasos cordilleranos, han impulsado proyectos eólicos que suman ya más de 2.000 megavatios instalados. La combinación de ambas fuentes permite que el sistema eléctrico chileno funcione con una estabilidad que sorprende a los ingenieros.

Desierto de Atacama
El desierto no volcánico más árido del planeta, con una extensión de 105.000 km². Su radiación solar es la más alta registrada en la Tierra, alcanzando picos de 2.500 kWh/m² al año.
El desafío de la transmisión
Sin embargo, llevar esa energía desde el desierto hasta los centros de consumo, principalmente Santiago y la zona central, requiere una infraestructura titánica. El gobierno chileno ha impulsado un plan de líneas de transmisión de alta tensión que cruzan la cordillera de los Andes y atraviesan valles y desiertos. La más ambiciosa es el proyecto Kimal-Lo Aguirre, una línea de 1.500 kilómetros que conectará el norte con la capital y que, según las proyecciones, permitirá evacuar hasta 3.000 megavatios adicionales. La obra ha enfrentado desafíos técnicos y ambientales, pero avanza como un símbolo de la apuesta nacional.
La transición no solo es un logro técnico: también genera empleo local. En las regiones de Tarapacá y Antofagasta, la construcción y el mantenimiento de los parques solares han creado miles de puestos de trabajo para técnicos, ingenieros y obreros. Empresas locales de servicios, como las de transporte y alimentación, han visto crecer su demanda. El efecto multiplicador se nota en las pequeñas ciudades del desierto, donde antes la minería del cobre era casi la única actividad.
¿Qué significa para el mundo?
El caso chileno demuestra que la transición energética no es un sueño de laboratorio, sino una realidad posible cuando confluyen voluntad política, inversión privada y condiciones naturales excepcionales. Otros países de la región, como Argentina, Bolivia y Perú, observan con atención. Pero el modelo chileno también enfrenta preguntas difíciles: el almacenamiento de energía sigue siendo el talón de Aquiles, y la dependencia de una red tan extensa plantea riesgos de fallos. Además, el impacto ambiental de las líneas de transmisión sobre ecosistemas frágiles ha generado críticas de comunidades locales y organizaciones ecologistas. Aun así, el balance es positivo: Chile ha reducido sus emisiones de carbono en un 40% desde 2018 y se ha fijado el objetivo de ser carbono neutral para 2050. El desierto de Atacama, tierra de contrastes extremos, se ha convertido en el espejo donde el mundo mira para entender cómo será el futuro energético.
