En una fábrica en las afueras de Phoenix, Arizona, trabajadores con trajes especiales manipulan obleas de silicio en cuartos ultralimpios. A miles de kilómetros, en la isla de Taiwán, las máquinas de litografía más avanzadas del mundo imprimen circuitos de apenas tres nanómetros. Y en la frontera entre Alemania y Polonia, una nueva planta comienza a producir chips para automóviles y satélites. La geografía de los semiconductores está cambiando a una velocidad que no se veía desde los años noventa.
Se estima que la inversión global en fabricación de chips superará los 500.000 millones de dólares entre 2024 y 2027, según datos de la Semiconductor Industry Association.
La cadena de suministro de semiconductores, que durante décadas se concentró en Taiwán, Corea del Sur y Japón, se está reconfigurando. Estados Unidos aprobó en 2022 la Ley CHIPS, que inyecta 52.000 millones de dólares en subsidios para atraer plantas a su territorio. La Unión Europea respondió con su propia Ley Europea de Chips, con 43.000 millones de euros, mientras que China, a través de su Fondo de Inversión en la Industria de Circuitos Integrados, busca saltarse las restricciones de exportación.
El nudo taiwanés y la sombra del conflicto
Taiwán produce más del 60% de los chips más avanzados del mundo y el 90% de los de menos de 10 nanómetros. Cualquier interrupción en su producción, ya sea por un terremoto o por una escalada militar, paralizaría la fabricación de teléfonos, servidores y automóviles a nivel global. El gobierno chino, que considera a la isla parte de su territorio, ha intensificado sus maniobras militares en el estrecho. En respuesta, Washington ha acelerado la construcción de plantas en suelo estadounidense y ha presionado a aliados como Japón y Países Bajos para endurecer los controles a la exportación de equipos de litografía.

¿Qué es la litografía?
Es el proceso de imprimir circuitos microscópicos sobre una oblea de silicio. Empresas como la neerlandesa ASML producen las máquinas más avanzadas, capaces de grabar líneas de apenas unos pocos nanómetros.
Los nuevos actores y la carrera por la autonomía
India, con su reciente política de incentivos a la fabricación de chips, aspira a convertirse en un centro alternativo. Empresas como Tata Electronics han anunciado inversiones multimillonarias. Por su parte, Vietnam y Malasia están atrayendo plantas de ensamblaje y prueba, aunque la fabricación de obleas sigue siendo el eslabón más complejo. La soberanía tecnológica se ha convertido en un mantra para gobiernos de todo el mundo, que ven en los semiconductores un recurso estratégico comparable al petróleo.
Sin embargo, construir una fábrica de chips de última generación cuesta entre 10.000 y 20.000 millones de dólares, y requiere años de formación técnica. La escasez de ingenieros especializados es un cuello de botella que ningún subsidio puede resolver de inmediato. Mientras tanto, la demanda de chips para inteligencia artificial y vehículos eléctricos sigue disparada, presionando los plazos de entrega.
¿Hacia una burbuja de inversión?
Algunos analistas advierten que el exceso de capacidad podría generar una burbuja. La consultora McKinsey estima que la oferta global de chips podría superar la demanda en 2027 si todas las plantas anunciadas entran en operación. Pero los gobiernos parecen dispuestos a asumir el riesgo: la seguridad del suministro pesa más que la rentabilidad a corto plazo.

Lo que esto significa para el mundo
La disputa por los semiconductores no es solo una historia de tecnología: es una historia de poder, dinero y dependencia. Los países que logren dominar la fabricación de chips tendrán ventaja en inteligencia artificial, defensa y comunicaciones. Los que queden rezagados arriesgarán su autonomía económica. En 2026, el mundo observa cómo se escriben las nuevas reglas de la geopolítica tecnológica.